miércoles, 11 de octubre de 2017

Ese brillo sobrenatural de ojos


Recuerdo el primer día que lo vi. No conseguí darme cuenta entonces, pero ahora lo tengo claro. Menos mal que no ha sido demasiado tarde para nosotros.

Salíamos del hospital. Una simple revisión del embarazo de mi mujer se había retrasado mucho más de lo debido, a causa de una jornada de protesta por la actuación policial frente a las personas que ansiaban votar en lo que les habían convencido que era un referéndum. Mi cabreo por el retraso (qué le voy a hacer, a mí lo de las huelgas de un día me parece algo estúpido) casi no me deja verlo.  Pero lo vi, con mis propios ojos.  Un hombre joven venía en sentido contrario, dispuesto a entrar en el hospital. Tenía algo raro en los ojos.  Una especie de halo, de aura, qué se yo.  Era ligeramente rojo, pero no era una irritación normal. Era como más brillante.  En ese instante, el móvil que tenía en la mano comenzó a reproducir un vídeo que, aunque no pude ver, me quedó claro, tan sólo por el sonido, que era otro de los miles de vídeos de las cargas policiales.  Y entonces, el brillo rojo de sus ojos cogió un tono más intenso.  Me pareció un cambio muy intenso y escalofriante. Casi parecían tener una fuerte luz interior. No pude comprobarlo, porque ya cruzamos nuestros caminos, y me quedé con la pregunta en la boca, que al poco me di cuenta de que tenía abierta.

Luego recordé que aquel brillo era el mismo que había visto en los ojos de un amigo, Mosso de Escuadra, cuando volvió del servicio que le habían obligado a hacer durante el día del supuesto referéndum. Tenía los ojos inyectados en sangre, y parecía una mezcla de cansancio e irritación.  Pero tenían algo raro.  Nuestra conversación aquel día estuvo a punto de costarnos la amistad que habíamos labrado en muchos años de convivencia, y que vi peligrar por primera vez en mi vida.  Pero poco a poco conseguí calmarlo, y el brillo de sus ojos fue apagándose, dejando un rojo oscuro, que sí parecía de cansancio.  Mandé a mi amigo a dormir, sin darme cuenta de lo que había pasado.

Un día más tarde, un compañero de trabajo vino a verme, y a pedirme disculpas. En nuestro grupo de WhatsApp del trabajo habíamos tenido un conflicto importante, tras el que yo había dejado el grupo. Prefería salirme de allí, a dejarme de hablar con una persona que consideraba más un amigo que un compañero, aunque pensáramos diferente. Él me pidió disculpas cabizbajo, y yo se las acepté, pero le dije que de momento no tenía ánimos de volver al grupo.
Antes de que se marchara, pude fijarme en sus ojos, que mostraban un extraño color rojo oscuro, sin brillo, pero muy intenso. Antes de que pudiera preguntarme dónde había visto antes ese brillo, mi compañero desapareció, y se aisló totalmente del resto, mirando fijamente a la pantalla del ordenador. Desde mi sitio podía verle, y momentos más tarde me pareció, tuve la ligera impresión, que el brillo de sus ojos había aumentado, volviendo a tener una intensidad artificial. Entonces empecé a tener miedo.

Poco a poco empecé a atar cabos, y pude establecer una hipótesis sobre lo que estaba pasando.  Ese brillo era el odio.  Odio puro. De alguna manera, ese odio estaba siendo inoculado en los ojos de personas, personas normales, personas que yo mismo conocía, pero que empezaban a ser desconocidos. Algo tenía que ver con las pantallas. De cualquier dispositivo, televisión, teléfono móvil, pantallas de TV del metro, de cualquier tipo.
La primera vez que lo vi claro fue también en el trabajo. Mis compañeros estaban hablando animadamente en la sala del café. Todos sabían ya que yo prefería evitar hablar de nada relacionado con el tema, pero cuando entré estaban en medio de una conversación, y el silencio que se hizo no fue inmediato.  La frase de una compañera, que levantaba la mirada de su pantalla del móvil, fue la que terminó la conversación: “Sí, nosotros ya hemos cancelado todas nuestras cuentas en ese banco. Por su culpa hay muchas otras empresas que se han contagiado del miedo, y se están marchando también. Es la estrategia del miedo, que están promoviendo los del otro lado”.
Más que el hecho de escuchar en sus labios las consignas claras que había oído de la maquinaria de propaganda que promovía el movimiento, lo que me dio miedo fue ver sus ojos.  Ya no tuve ninguna duda que ese rojo intenso no era natural. Me extrañó mucho que el resto de compañeros no lo vieran, o por lo menos no dijeran nada.

Poco más tarde, ese mismo día, un compañero que había presenciado la escena vino a verme, y consiguió que abriera mi hermetismo, y hablara del tema.  La confianza de hace años, hizo que bajara la guardia, y que me desahogara con él. Creo que hice bien, creo que entendió mis razonamientos, porque nunca habían sido diferentes.  Pero no llegué a convencerle de que todo esto era una locura, que no iba a traer bien a nadie. Me sorprendió ver que su postura era mucho más polarizada que lo que yo creía. Creo que recordé que nunca se había posicionado sobre el tema, pero ahora sus razonamientos eran como sacados de una de esas tertulias televisivas en las que falsamente se da la sensación de que están debatiendo, porque todos son del mismo bando. Y entonces lo vi. El brillo de sus ojos era muy tenue, y podía confundirse con el de haber pasado una mala noche, y no haber dormido mucho. Pero era distinto.  Yo ya empezaba a distinguirlo, pero no sabía explicarlo.


Poco más adelante mi miedo aumentó exponencialmente. Cuando creía tener claro de dónde venía ese brillo, ese odio, y creyéndome a salvo, porque me creía a salvo de esa “enfermedad”, ese virus que estaba contagiando a tanta gente, casi me atrapa a mí mismo y a mi familia.
Nunca en mi vida había participado en una manifestación política. Soy de la firme convicción de que las masas son fácilmente manipulables, y que en una manifestación lo único que puedes hacer es bulto, ser un simple número más que, además de ser manipulado por el simple hecho de saber si una manifestación o la contraria ha tenido más participación, es manipulada por los organizadores, por los contrarios, por los medios, por los políticos, por todo el mundo.

Pero ese día era diferente. La maquinaria de propaganda, ya claramente propaganda de guerra, se disponía a hacer una declaración en unos días que podía destruir totalmente la ya frágil convivencia. Lo que llamaban la “mayoría silenciosa” estaba saliendo a la calle, y nos convencimos de que era necesario unirnos. Era necesario estar allí, para por lo menos tener la conciencia tranquila cuando finalmente se produjera La Declaración, de que al menos lo habíamos intentado.
El ambiente fue festivo, y mis temores sobre los peligros que se cernían sobre mi mujer y mis hijas se demostraron infundados. Pero un miedo mucho más profundo me invadió, casi al final, antes de marcharnos.  Varios manifestantes cercanos se pusieron a cantar consignas con las que no estábamos de acuerdo, exigiendo que metieran en prisión a los “golpistas”. Mientras intentaba explicar a mi hija mayor, que ya tenía edad de hacerse preguntas así, por qué nosotros no estábamos de acuerdo con eso, vi aquel brillo rojo, en los ojos de varios de ellos. Al principio me pareció un simple reflejo del rojo de las banderas que tenían a los hombros, pero entonces lo reconocí. Tenía un brillo sobrenatural, un brillo demasiado intenso, incluso visible a plena luz del día.
Dejé la frase a medias, y delante de la cara de sorpresa de mi hija, me la llevé a toda prisa del brazo, llamando a gritos a mi mujer, para que trajera a las otras dos niñas, de camino a la boca del metro más cercana.


Ese día fue el que más cerca estuvimos de habernos contagiado.  Doy gracias a Dios por haber tenido los reflejos y la suerte de escapar.  Los acontecimientos se precipitaron en los siguientes días, y quiso la providencia que coincidieron con jornadas festivas, en las que todos los años volvemos a nuestra ciudad natal. Lejos del centro del conflicto. Y aunque allí volví a ver muchas veces ese brillo en los ojos de muchos viejos conocidos, ya había aprendido a esquivarlo. Gracias a ello sobrevivimos.


Nunca he podido demostrar lo que creo que pasó, porque ese brillo sobrenatural de odio que vi en los ojos de la gente no parece apreciarse en una pantalla, únicamente se ve en persona. Pero hay una vez, una sola vez, en el que sí creo haber visto ese brillo en un vídeo.  Es un vídeo grabado en uno de los numerosos cortes de carretera de la primera jornada de protesta. Se puede ver como un ciudadano con acento del Este se encara a los piquetes y les echa en cara que no saben lo que están haciendo, que no tienen ni idea.  A continuación, se dirige a la persona que está grabando, con ese brillo en los ojos. Un brillo apagado, quizás residual, quizás una pequeña cicatriz de una vieja enfermedad, y que puede fácilmente confundirse con el agotamiento, o con una simple irritación. Las palabras que dice resuenan ahora una y otra vez en mi cabeza: “Aprended de lo que pasó en Rusia! Aquí dentro de poco habrá armas. Tú no lo sabes, pero alguien vendrá, y te dará armas. Sólo te deseo que no las cojas”


2 comentarios:

  1. Eres jodidamente bueno...
    Y cuánta razón tienes.

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  2. Excelente relato de ficción, pero que sin embargo expone peligros tan reales como la propia naturaleza humana (de algunos más que de otros...). El juicio crítico es esencial para no caer en brillos inducidos por mentes ajenas, pero claro, para ciertos sectores, ese juicio crítico es un enemigo a batir...

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